Esta dedicado a la la villa del Espiritu Sancto, en el centro de Cuba.
Por Mayra Pardillo Gómez
Trinidad, Cuba (PL) Fundado en el siglo XVIII, el sitio San Isidro de los
Destiladeros está ubicado en el Valle de los Ingenios, Patrimonio
Cultural de la Humanidad junto al centro histórico urbano de esta ciudad
centro sureña de la Isla y allí se lleva a cabo un proceso de
restauración e investigación arqueológica sistemática.
Primero el citado ingenio azucarero fue un trapiche denominado San Juan
Nepomuceno y a pesar de los años transcurridos aún conserva en pie la
casa-hacienda, aunque un tanto deteriorada, y la torre campanario -cuya
restauración debe concluir para celebrar en enero próximo los 500 años de
Trinidad-, así como un sinnúmero de exponentes arqueológicos de sus
fábricas y conductos hidráulicos.
Trinidad fue fundada en 1514 y es la tercera de las siete primeras villas
asentadas en la Isla por el Adelantado Diego Velázquez; está situada a
unos 360 kilómetros al este de La Habana.
En 1988 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la
Ciencia y la Cultura (Unesco) declaró al centro histórico de la villa y
al Valle de los Ingenios o de San Luis Patrimonio Cultural de la
Humanidad, incluida la famosa torre-campanario que se alza en el otrora
ingenio Manaca Iznaga, cerca de la casa-hacienda.
En 1827, según el Cuadro Estadístico de Vives, había 57 fábricas de
azúcar en el Valle con un total de 11 mil 697 esclavos, mientras que en
ese mismo año, el ingenio Guáimaro realizó la zafra azucarera más grande
de su tiempo en el mundo.
FRENAR EL PASO DEL TIEMPO
En una reciente visita a la ciudad de Trinidad y al Valle de los Ingenios
se ofreció la oportunidad de recorrer las ruinas arqueológicas e
instalaciones del antiguo ingenio San Isidro de los Destiladeros.
En esa ocasión, Víctor Echenagusía Peña, especialista principal de la
Oficina del Conservador, resaltó lo interesante de poder entrar en
contacto con las huellas del pasado, entre ellos los aljibes, así como
los restos de la enfermería y barracones de esclavos.
Se advierten los estragos que el implacable paso del tiempo han ejercido
sobre la casa- hacienda de San Isidro de los Destiladeros, pero para
rescatarla se trabajará en su estructura, mientras sus ruinas
arqueológicas son estudiadas por especialistas e investigadores en los
denominados Talleres de Arqueología Industrial Azucarera, que se
desarrollan en este lugar desde el año 2000.
Los expertos lo consideran el complejo azucarero más completo del Valle
de los Ingenios y existe el proyecto de convertirlo en el Centro de
Interpretación Arqueológica.
Entre 1847 y 1854 este ingenio azucarero se caracterizó por sus continuas
hipotecas.
Uno de sus propietarios fue José María Puentis. Para ese entonces contaba
con 104 esclavos.
A mediados del siglo XIX el ingenio cae en una profunda crisis y la
fuerza de trabajo se reduce en un 50 por ciento, contando solo con 49
esclavos de uno y otro sexo y diferentes edades, 50 yuntas de bueyes y 20
carretas.
Textos consultados aseguran que ante la inminencia de la ruina del
ingenio, entre los años 1883 y 1891, es demolido y transformado en
potrero San Isidro de los Destiladeros, mientras que en el siglo XX se
convierte en un lugar de esparcimiento para la aristocracia trinitaria,
sobre todo en el caluroso verano.
Hasta el presente han sido localizados en el Valle de los Ingenios 73
sitios arqueológicos industrial-azucareros.
“Tenía dos trenes jamaiquinos, instalada su máquina de vapor para la
molienda, una casa de purga de considerables dimensiones, tierras aptas
para la caña, el agua necesaria para los cultivos y el proceso fabril,
incluso contaba con una represa, manantiales minero-medicinales donde
daba baños curativos a los miembros de su dotación, aljibe y pozo
artesano. Destilería, almacenes, habitaciones de mampostería para los
esclavos y enfermería, cementerio, torre campanario y por supuesto una
hermosa casa de vivienda que incluía espacios de relativa independencia
para los asuntos administrativos del ingenio, con jardín al frente”.
Así era el ingenio San Isidro de los Destiladeros en su época de
esplendor, según un texto consultado escrito por la investigadora
Teresita Angelbello.
La casa-hacienda perdió el bello jardín de antaño y a simple vista se ven
los estragos del tiempo, pero un proyecto de la Oficina del Conservador
de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios impulsa su rescate, a
través de la consolidación estructural de dicho inmueble.
EL TREN JAMAIQUINO
En medio del verdor y las ruinas sobresalen las áreas destinadas a los
barracones o casa de esclavos, almacén, herrería, casa de purga y casa de
calderas donde se conserva uno de los llamados trenes jamaiquinos.
Quien por primera vez escucha la frase “tren jamaiquino” seguro que
pensará de inmediato en ese medio de transporte, por lo general cómodo y
uno de los más seguros, para trasladarse de un lugar a otro.
Y es que la tecnología fue trasladada desde Jamaica por los ricos
hacendados trinitarios y se afirma que con ella se hacía un uso más
racional del combustible.
Sin embargo, este tren que simulan los fogones circulares construidos con
ladrillos y donde se depositaban las calderas una detrás de la otra,
como si fueran vagones, tenía por finalidad la cocción del guarapo,
extraído de la caña de azúcar, para engrosar los bolsillos de los ricos
hacendados esclavistas.
Por sus elevados valores arqueológicos e industriales este lugar está
considerado un área de investigación necesaria para interpretar una forma
de producir azúcar muy diferente a la actual, desarrollado en el siglo
XIX.
LA TORRE- CAMPANARIO
Muy cerca de la casa-hacienda se alza la torre-campanario, un símbolo del
inicio y fin de la agotadora jornada de los esclavos africanos.
Tiene 14 metros de altura, distribuidos en tres niveles y entre sus
elementos decorativos se destacan las molduras, cornisas y arcos de
medio punto, dándole un toque neoclásico.
A muchos les gustará más la torre Manaca Iznaga, quizás por su atrevida
mirada en busca del cielo y sus más de 40 metros de altura o por su
resistencia a los embates de ciclones, pero sin dudas la torre-
campanario de San Isidro de los Destiladeros tiene un encanto especial,
sin olvidar que con sus campanadas se llamaba a los esclavos a una
jornada infrahumana, lo que es un pasaje ignominioso de la historia.
En San Isidro de los Destiladeros todavía hay mucho por descubrir acerca
de su pasado azucarero y la clave está entre sus vestigios arqueológicos.