Esta dedicado a la la villa del Espiritu Sancto, en el centro de Cuba.
Foto GARAL
Trinidad, Cuba (PL) El único barracón de esclavos que perdura en América Latina, afirman expertos, existe en esta centro sureña ciudad, Patrimonio Cultural de la Humanidad, donde se alza la casa hacienda Manaca-Iznaga y la famosa torre de igual nombre. En la actualidad, técnicos en restauración y constructores realizan una labor esmerada por preservar dichas viviendas, las cuales para los cerca de 400 esclavos que habitaron en ellas significaron un privilegio. Comparados con el resto de sus iguales, que eran propiedad de otros dueños de la zona y el país, y se hacinaban en barracones con condiciones infrahumanas -cerrados bajo llave-, los que servían a los Iznaga tenían hasta cierto punto una mayor independencia. Erigidas muy cerca de la confortable casa hacienda, estas construcciones habitacionales se diferencian del muy conocido barracón -el cual constituía una medida de seguridad contra las fugas y los alzamientos-, ya que son modestas viviendas o bohíos donde podían habitar en familia, tras las duras faenas en los cañaverales. En la tercera villa fundada en la Isla por los conquistadores españoles, la familia Iznaga, la más influyente y acaudalada de la región en el siglo XVIII, tuvo la feliz idea de mandar a construir estas pequeñas casas o bohíos en forma de U. Durante un reciente tránsito por Trinidad, llamada la Ciudad Museo del Caribe, visitamos la casa hacienda de los Iznaga, la torre y la nave; ante esta última un cartel recuerda que sirvió como almacén, herrería y cocina. POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS Tomamos prestado el título de una de las más importantes novelas del escritor norteamericano Ernest Hemingway, autor además de Adiós a las armas y El viejo y el mar, entre otras, para referirnos a la entrada de la casa hacienda Manaca-Iznaga. Antes de ingresar al interior de la vivienda da la bienvenida -sin un repique- una enorme campana con la siguiente inscripción: 1846-Justo Germán Cantero, Ingenio Buenavista. Fue fundida por José Giroud. Aunque se puede apreciar que la campana no perteneció a este sitio en particular, sí debe haber tañido muchas veces en el ingenio Buenavista para llamar a los esclavos y con otras múltiples funciones. Datos consultados dan fe de que en 1804 ascendía a 198 mil el número de esclavos censados en Cuba, mientras que en 1843 la cifra era de 589 mil 333. Es en 1857 que se publica un libro de singular interés para acercarse al tema de las industrias azucareras del siglo XIX. En una edición de lujo sale a la luz Los Ingenios, que en forma de colección ofrecía imágenes de los principales centrales de Cuba. El libro fue escrito por Justo Germán Cantero -Gentil hombre de Cámara de su Majestad y Alférez Real de Trinidad. La ilustración corrió a cargo del dibujante y litógrafo cubano Eduardo Laplante. Cantero fue propietario de los ingenios Buenavista (también aparece escrito separado), Güinía de Soto y La Caridad. Agasajó como ilustres huéspedes al sabio alemán Alexander von Humboldt y su coterráneo, el naturalista Juan Cristóbal Gundlach, considerado el padre de la ornitología cubana. Con la llegada del 1800 los centrales trinitarios, enclavados en el Valle de los Ingenios o San Luis -Patrimonio de la Humanidad-, poseían 12 mil brazos, lo que se refleja en las producciones logradas en la primera mitad del siglo XIX. Para 1854 el Manaca-Iznaga tenía 424 esclavos, los cuales vivían en 51 ranchos, como se les catalogó entonces a ese tipo de construcciones. Según Cantero, era uno de los grandes productores de azúcar de la Isla. De la siguiente manera describió él los ranchos donde vivían los esclavos: "Las habitaciones de los negros son de mampostería y teja, formando cuatro calles, y se componen de sala, comedor, aposento, recámara y un portal al frente de sus respectivas calles". Se asegura, por otra parte, que el Guáimaro logró en 1827 la mayor zafra del mundo, mientras que llegó a tener 300 esclavos hombres. Especialistas argumentan que el poblado de esclavos era similar al Manaca-Iznaga (construcciones de mampostería y tejas), pero se situó "en la ladera de la loma que servía de base a la gran casa de vivienda". Similar situación ocurrió con otros ingenios donde los esclavos vivían en los llamados ranchos. CONSERVAR, PALABRA DE ORDEN La conservación de este valioso patrimonio, cuando Trinidad se aproxima a los 500 años de fundada, es una palabra de orden que se cumple con el auspicio de la Oficina del Conservador de la Ciudad de Trinidad y el Valle de los Ingenios, ambos declarados por la Unesco en 1988 Patrimonio Cultural de la Humanidad. Esa tarea la llevan a cabo trabajadores de la Empresa de Conservación y Restauración del Valle de los Ingenios, encargados de preservar la estructura original de los ranchos, quienes tienen en cuenta encubrir los adelantos tecnológicos, inexistentes siglos atrás (como los cables de la luz eléctrica). Las fuertes paredes, originales, son de mampuesto (tercio, piedra y ladrillos), tan consistentes que ello les permitió enfrentar al tiempo y alojar en esos recintos a distintas generaciones. El pequeño caserío se alza a un costado del batey, tan cerca de la casa hacienda que sus antiguos dueños deben haber escuchado en las quietas noches trinitarias el susurro de las voces de sus esclavos, el llanto de los pequeños al nacer y hasta alguna frase de amor en una lengua extraña y ajena a su aristocrática alcurnia. *Corresponsal de Prensa Latina en la provincia de Sancti Spíritus.