| Por Raúl I. García Álvarez* Sancti Spiritus, Cuba (PL) Estudiosos de la métrica concuerdan que la décima nació como una estrofa poética, al igual que el soneto, a finales del siglo XVI, y que tiene un padre con nombre y apellido: Vicente Espinel (1550-1624). El fenómeno de la improvisación adecua su presentación, métrica y música, y su popularización trasciende en hispanoamericana, en especial en las colonias españolas de América, donde forma parte del folclor. Se afirma que en Cuba sobresale en el siglo XIX, en la voz de Juan Cristóbal Nápoles Fajardo (El Cucalambé), quien la popularizó. A la décima del Cucalambé se le considera criolla por la representación lírica del paisaje y del hombre de la tierra; por lo que se convierte así en referencia obligada para todos los poetas populares. Pero se considera que Jesús Orta Ruiz, El Indio Naborí, introdujo voz renovadora y dio a la espinela una dimensión lírica hasta entonces desconocida. LA IMPROVISACION, CERCANA A LA POESIA Jesús Orta Ruiz (1922-2005), apelativo que recuerda a los aborígenes de antes de la llegada de los españoles, es considerado uno de los más auténticos poetas cubanos. Según propia confesión, a los nueve años ya improvisaba décimas: "Con ellas me dormían... Décimas entonaba mi padre pastoreando el ganado y mi hermana lavando la ropa". Para Naborí, el desarrollo cultural alcanzado por la población cubana colocó la improvisación campesina más próxima a la poesía, "porque si la expresión lírica no se comunica por señas, sino por palabras, cuanto mayor sea el dominio del léxico, más fácil y rápida será la construcción de la décima." Destaca el entrelazamiento de la décima rural y la urbana, la primera enriquecida por la emigración y la segunda más culta en cuanto al dominio de la métrica. Explica que al desaparecer los abismos entre el campo y la ciudad, si existen diferencias, más bien son entre la cantada y la escrita, entre la improvisación y la meditación. Los improvisadores apenas encabalgan los versos en ella, porque harían imposible su canto, ya que el rico patrimonio de tonadas campesinas no admite esa tendencia. Para el poeta espirituano Luis Martín, cuyos versos conquistaron las Afortunadas, las zonas de mayor asentamiento de canarios en Cuba, estos cultivaron una poesía muy singular y recitan y cantan décimas, para convertir en felicidad la nostalgia por su tierra. En ellas no falta el amor por la cuna, por la pequeña localidad donde nacieron, la familia, la religión, las tradiciones, el mar, sus volcanes, la flora, los riscos; es un compendio de emociones, sentimientos y nostalgia, explica. A estas motivaciones -comentó- se une lo nacional, el sol, el azul del cielo, la luna, la comunidad, la caña y el tabaco, la nueva familia; su verso es un trino de motivos que forman parte también de la idiosincrasia cubana. En Las Palmas, recuerda Martín, escuchó décimas que salieron o se crearon en Cuba, tal vez con un ritmo más lento, pero pleno de emotividad. Para la investigadora habanera María Eugenia Azcuy, el cubano es canario en muchos aspectos y pone como ejemplo de lugares a Cabaiguán, en la provincia de Sancti Spíritus, sitio sobre el cual afirma que "a cada momento nos topamos con la esencia de lo canario". Y agrega: "La población y las costumbres, los nombres de las escuelas, el monumento al inmigrante, nos recuerdan constantemente el legado que las gentes del Archipiélago", que dejaron allá. EL TRINO Y EL SILBADO DEL SINSONTE Isleño como Martí, Cubano como el Turquino, A lo largo del camino Siempre voy pensando así: Cuba es crisol y es rubí, Tronco de sol y de estrella, Cuba, cubita la bella, Siempre firme y navegando, Al futuro va llegando La luz que su alma destella. En una taberna un día Allá por San Sebastián, Ya mis abuelos no están, Se fueron de travesía. Mientras afuera llovía La nostalgia me lacera; Desde Cuba a La Gomera Un isleño va y regresa, Por sobre la mar espesa Transcurre la primavera. Estos versos de la espinela Canto de Cuba a Canarias, de Francisco Javier Viamontes Correa, nacido en La Aurora, zona campesina de Sibanicú, provincia cubana de Camagüey, y nieto de Antonio Correa Morales y Francisca Rodríguez Medel, de El Garabato, La Gomera, muestran el apego por sus dos patrias. Cuanto amor desgrana, entrelaza las islas con el corazón pleno, en ritmos de sentimiento, de añoranza entre dos mares y dos archipiélagos. Así, existe también al isleño Manuel Jiménez Triana; nadie lo conoce por ese apelativo, ni responde por él. Hay que decirle "Cuquillo", y él agrega con gentileza y simpatía: "El poeta de Mazo, isla de La Palma". Se asentó y vivió en Cabaiguán, Sancti Spíritus, municipio denominado Capital de los canarios en Cuba. Ya no está entre nosotros pero nadie lo puede olvidar. Contaba que cuando el vapor tocó el puerto "por poco caigo a tierra"; estaba ansioso de llegar al paraíso que le habían contado de la gran isla caribeña. Eran los finales del siglo XIX; nada sabía de esta parte del mundo; sólo de contadas, por referencia de cartas de amigos que ya se habían asentado en Pinar del Río, La Habana y el centro de la Isla. Con "Cuquillo" llega lo más preciado de una persona: su carácter agradable; su conversación despertaba de inmediato el interés; era tan parecido al cubano, que algunos afirman que su corazón recibía sangre por dos Archipiélagos. Su fama trascendió por su versatilidad en la décima, caracterizada por la dulzura, calidad y el fino humor en versos que constan de ocho sílabas métricas. Era un repentista más -improvisador- en el campo cubano. Luis Martín afirma que el poeta de El Mazo era uno de los mejores que habían dado las Afortunadas. Todavía se recuerda el día en que llegó a casa de Antolín, un coterráneo y comenzaron a hablar de penurias por la gran seca; no llovía, y la tierra esperaba las posturas de tabaco. A "Cuquillo" no se le podía decir afina, pues incluso en su hablar las palabras le nacían armonizadas, con entonación, y así surgió esta improvisación: Hace falta caballeros que el campo se moje bien que es el único sostén de riqueza en el veguero. Lloviendo en el mes de enero será en el campo una gloria, será riqueza y "dulzoria", será un paraíso, vecino, y no tendrá el campesino temor a la moratoria. Pero sus versos siempre tenían un camino de cabras, o veía un barranco, un sembradío para recordar a su tierra natal y decir con avenencia sin par: En Canarias fui nacido entre la pera y la uva, y me trajeron a Cuba en soldado convertido. Muchos llanos he corrido, durmiendo en cualquier cabaña; no hay serranía, ni montaña, ni loma que yo no suba, amo, por amor, a Cuba y por un deber, a España |